Si nos remontamos a la antigüedad, podemos notar fácilmente que los artesanos centralizaban en su propia persona todas las faenas que implican y forman parte de un ciclo de producción, esto es: aprovisionamiento de materiales, el diseño y creación de los productos, su fabricación y también su venta.
Cuando un cliente efectuaba el encargo de un determinado producto al artesano, generalmente le proporcionaba los detalles a los que debía ajustarse el producto pedido.
A partir de allí, el artesano procedía a la creación comenzando por el diseño, luego lo elaboraba según dicho diseño, y posteriormente lo entregaba a su cliente. Según el producto en cuestión, sería perfectamente viable que se realizara algún tipo de control post-venta, puesto que para cada fabricante era muy importante mantener buenas relaciones con su cliente-comprador. Una vez hecha la relación, si había conformidad entre ambas partes, la vinculación se hacía permanente.
La situación comenzó a cambiar a partir de la Revolución Industrial, ya que los medios de producción se transformaron llegando a la producción en serie. Se llegará de esta forma a la fabricación de grandes cantidades, originándose así una separación del ciclo de producción en diferentes etapas, diferenciando las funciones.